Yo soy de mi amado, y mi amado es mío: él apacienta entre los lirios.
El rostro
Esta afirmación sencilla y mutua de pertenencia vale la pena sostenerla como imagen de una identidad arraigada específicamente en la relación: no en el logro ni en el desempeño, sino en la pertenencia, dada y recibida en igual medida. Yo soy de mi amado, y mi amado es mío, en ambas direcciones por igual, de verdad cierto.
Vale la pena examinar esto frente a cuánto tu identidad se haya parecido más a un desempeño bajo evaluación que a una pertenencia mutua y genuina. La confianza de este versículo no descansa en una prueba continua de ser digno. Descansa en la pertenencia misma, ya establecida, ya mutua, y no todavía por ganar ni por mantener con esfuerzo.
Aplicado a tu relación con Dios, este versículo sugiere una pertenencia confiada y similar: yo soy de mi amado, de verdad suyo, no a prueba, no haciendo todavía audiciones para ser aceptado, sino ya, mutuamente, perteneciendo, como este antiguo poema describe una pertenencia que no necesita demostrarse una y otra vez.
Sea cual sea la ansiedad de desempeño que se haya colado en tu relación con Dios, como si la pertenencia todavía requiriera una prueba continua, recibe hoy la afirmación más sencilla y más serena de este versículo. Yo soy de mi amado, y mi amado es mío, ambas cosas ciertas ahora, y no solo aspiraciones para cuando por fin se haya demostrado suficiente dignidad.
Vuelve tu rostro
- Fíjate en cualquier ansiedad de desempeño en tu relación con Dios, como si la pertenencia todavía requiriera pruebas.
- Di hoy este versículo como tu propia afirmación confiada: yo soy de mi amado, y mi amado es mío.
- Descansa hoy en una pertenencia mutua y ya establecida, y no en una prueba continua de ser digno.
Oración
Señor, yo soy tuyo, y tú eres mío. Que esta sea hoy una pertenencia mutua y firme, y no algo que deba seguir demostrando o ganando con un desempeño continuo. Amén.
Llévalo contigo hoy
La pertenencia, ya mutua, no necesita demostrarse una y otra vez.