Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y le puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.
El trabajo
El trabajo aparece en el segundo capítulo de la Biblia, antes del pecado, antes de la maldición, antes de que algo hubiera salido mal. Dios no le dio a Adán un empleo como castigo ni como ocurrencia tardía. Le dio un huerto para labrar y guardar mientras todo era todavía muy bueno. El trabajo no es una consecuencia de la caída. Es parte del diseño original.
Esto importa porque mucha gente carga un resentimiento callado contra el trabajo mismo, como si laborar fuera en esencia una carga que hay que minimizar, aguantar o dejar atrás lo antes posible. La Escritura no te deja aterrizar ahí. Antes de que existiera alguna razón para resentir el trabajo, Dios se lo dio al hombre como parte de lo que significaba llevar su imagen en un mundo bueno.
Fíjate en los dos verbos: labrar y guardar. No solo ocupar el espacio, sino cultivarlo y custodiarlo, verbos activos que implican destreza, atención y cuidado. El trabajo de Adán en el huerto no era un mantenimiento pasivo. Era participar en lo que Dios todavía estaba haciendo, extendiendo orden y fruto al mundo junto con él.
Sea cual sea el trabajo que tienes delante hoy, recuerda su origen. Se te dio como un buen regalo en un mundo bueno, antes de que algo se quebrara. Esa verdad no borra la dificultad que el trabajo carga ahora, pero sí corrige la mentira de que el trabajo mismo alguna vez fue el problema.
Haz el trabajo
- Nombra una tarea de hoy que has resentido en silencio como pura carga.
- Considérala en cambio como participación en la obra continua de Dios de orden y cuidado.
- Haz esa tarea hoy con la atención de quien cuida un huerto, no de quien cumple una condena.
Oración
Señor, tú diste el trabajo como un regalo antes de que algo se quebrara. Déjame ver hoy mi labor como la pensaste, participación en tu buen mundo, no un castigo que aguantar. Amén.
Llévalo contigo hoy
El trabajo fue dado antes de la maldición, no a causa de ella.