El Diluvio · Día 22 de 30

Estad quietos, y conoced

Parte tres · En quietud · 2 minutos de lectura

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Estad quietos, y conoced que yo soy Dios: ensalzado he de ser entre las gentes, ensalzado seré en la tierra.
Salmo 46:10 · Reina-Valera 1909

La tormenta

Este salmo nombra una instrucción activa y específica: «estad quietos». Vale la pena notar que no es un estado pasivo por defecto, sino una decisión genuina y deliberada, un detener activo del afanarse. Vale la pena sostenerlo frente a cuánto tu respuesta al agobio ha implicado una actividad frenética cada vez mayor, y no esta quietud deliberada y descrita.

Fíjate en «conoced que yo soy Dios», el contenido específico que esta quietud está llamada a producir: no una quietud vacía y en blanco por sí misma, sino una quietud que permite percibir de verdad este conocer, la identidad y la autoridad reales de Dios. Vale la pena confiar en ello como el propósito genuino de la quietud, y no solo su ausencia vacía de actividad.

Vale la pena examinar esto frente a cuánto tu instinto, en el agobio genuino, ha sido esforzarte más, hacer más, controlar más, en lugar de la instrucción de este salmo, contraria al instinto: «estad quietos», confiando en que este detenerte deliberado produce de verdad un conocer que el afanarse frenético por sí solo no puede producir.

Sea cual sea el agobio que hoy te tienta hacia una actividad frenética mayor, practica en cambio esta quietud deliberada: estad quietos, y conoced, confiando en la afirmación de este salmo de que el conocimiento genuino de quién es Dios viene específicamente por medio de esta quietud, y no por el afán adicional que el agobio produciría de otro modo.

Encuentra la quietud

  • Fíjate si el agobio ha producido una actividad frenética mayor y no una quietud deliberada.
  • Practica hoy una quietud genuina, con intención: no un estado pasivo por defecto, sino un detenerte activo y escogido.
  • Deja que esta quietud produzca un conocer genuino, y no una ausencia vacía y en blanco de actividad por sí misma.

Oración

Señor, déjame estar quieto, y conocer que tú eres Dios. Que esta quietud deliberada produzca un conocer genuino, no una mera ausencia vacía de actividad, sino una percepción real de quién eres. Amén.

Llévalo contigo hoy

La quietud deliberada produce un conocer genuino que el afanarse frenético por sí solo no puede producir.