El Fruto · Día 1 de 30

Enséñalas con diligencia

Parte uno · Raíz · 2 minutos de lectura

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Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.
Deuteronomio 6:6-7 · Reina-Valera 1909

El árbol

Fíjate dónde empieza esta instrucción: estarán sobre tu corazón. Antes de que se describa cualquier enseñanza a los hijos, las palabras tienen que estar primero en el padre o la madre, sostenidas de verdad, no solo sabidas lo suficiente para recitarlas. Una enseñanza que fluye de un corazón donde las palabras ya viven es distinta de una enseñanza prestada, tomada de segunda mano para la ocasión.

Fíjate también dónde se supone que ocurre esta enseñanza: estando en tu casa, andando por el camino, al acostarte, cuando te levantes. No es sobre todo instrucción formal programada para una hora fija cada semana. Está tejida a lo largo de todo el ritmo común de un día, de la mañana a la noche, en casa y en el camino, constante y no ocasional.

Esto cambia lo que de verdad exige enseñar a los hijos con fidelidad. No una sola lección impresionante dada de vez en cuando, sino una diligencia continua, entretejida con el día: palabras sostenidas de verdad primero en tu propio corazón, que luego surgen con naturalidad en la textura real de la vida juntos, y no se reservan solo para momentos especiales y formales.

Sea lo que sea que esperas enseñar a los hijos que tienes a tu cargo, pregúntate hoy si está primero de verdad en tu propio corazón, y si estás dispuesto a dejar que surja a lo largo de todo el ritmo común de tus días, y no solo en los momentos apartados para enseñar.

Cuida el árbol

  • Nombra una verdad que quieras tener más plenamente en tu corazón antes de poder enseñarla bien.
  • Busca hoy un momento común, sentados, caminando, levantándote, para entretejer una enseñanza real.
  • Fíjate si tu enseñanza ha sido sobre todo formal, ocasional, o tejida en la vida diaria.

Oración

Señor, pon tus palabras de verdad en mi corazón primero, y luego déjalas surgir con naturalidad a lo largo de todo este día, en los momentos comunes y no solo en los formales. Amén.

Llévalo contigo hoy

Una enseñanza tejida a lo largo del día, no reservada a una sola lección.