Pon, oh Jehová, guarda a mi boca: guarda la puerta de mis labios.
La lengua
David hace aquí una petición concreta y humilde que merece notarse directamente: no una confiada autodisciplina sola, yo vigilaré mi propia boca, sino una petición genuina de la ayuda de Dios: pon guarda. Sostenla como el verdadero punto de partida de este segundo movimiento: una disciplina que se pide a Dios, no una que se fabrica por cuenta propia.
Este segundo movimiento, que pasa del nombrar honesto del peligro real de la lengua a la disciplina práctica que se requiere, abre con esta postura esencial. Guardar tu habla no es primero cuestión de suficiente fuerza de voluntad, sino de esta petición: la guarda de Dios puesta justo delante de tu boca.
Fíjate en guarda la puerta de mis labios. Sostén esta imagen directamente: una puerta, algo que de verdad puede abrirse o cerrarse. Examina si tu propia puerta ha estado demasiado fácil y demasiado pronto abierta, sin esa guarda que vigile deliberadamente lo que pasa por ella.
Ora hoy la petición concreta de David: pon, oh Jehová, guarda a mi boca. No confíes solo en tu fuerza de voluntad, que el día uno ya nombró como insuficiente, sino en esta petición humilde y continua: la guarda de Dios buscada delante de la puerta que hoy representan tus labios.
Guarda tus palabras
- Ora hoy la petición concreta de David, sin confiar solo en la fuerza de voluntad.
- Fíjate hoy en un momento en que esta guarda, pedida de verdad, habría cambiado lo que dijiste.
- Piensa en tus labios como una puerta y examina con qué facilidad se ha estado abriendo últimamente.
Oración
Pon, oh Jehová, guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios. Que esta sea mi petición diaria, no una confiada autodisciplina sola, sino la ayuda genuina que te pido a ti. Amén.
Llévalo contigo hoy
Guardar el habla comienza con pedir la guarda de Dios, no solo con fuerza de voluntad.