Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.
Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.
El apóstol describe al creyente de una manera que desconcertaría por completo al mundo. Muertos sois, dice, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Muertos, y sin embargo vivos; pero la vida está escondida, fuera de la vista, guardada en secreto con Cristo en la presencia misma de Dios. La vida más verdadera del cristiano no es la visible que otros ven y que él mismo ve a medias, sino una vida escondida, oculta y segura, guardada con Cristo en Dios. Somos más de lo que parecemos, y nuestra vida real es una cosa escondida.
Hay aquí tres cosas, y cada una es una maravilla. Muertos sois, porque hemos muerto con Cristo a la vida antigua, al antiguo orden, al antiguo yo. Vuestra vida está escondida, porque la vida nueva que hemos recibido no está a la vista de todos sino oculta, secreta, guardada de las miradas. Y está escondida con Cristo en Dios, doblemente encerrada, sostenida con Cristo, y Cristo en Dios, de modo que nuestra vida está envuelta en Cristo, y Cristo en el Padre, y no podría imaginarse lugar más seguro en todo el universo. La vida escondida es la vida oculta de los resucitados con el Resucitado, en el seno de Dios.
UNA VIDA FUERA DE LA VISTA
Porque esta vida está escondida, el mundo no la ve, y no nos conoce. Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios, se maravilla el apóstol Juan: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a él. El mundo mira al creyente y ve solo lo exterior y ordinario, a la persona sencilla y poco notable, y no percibe la vida escondida dentro, el hijo de Dios oculto en el barro común. No conoció al mismo Cristo, tomando al Señor de la gloria por el hijo del carpintero, y no nos conoce a nosotros, porque nuestra vida, como la suya, está escondida.
Y en parte esta vida está escondida aun de nosotros mismos. Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, dice el apóstol. No vemos plenamente nuestra propia vida nueva, no comprendemos en qué nos estamos convirtiendo, solo atisbamos la realidad oculta que es nuestra en Cristo. Somos como herederos que tienen una inmensa herencia que nunca han visto, o como una semilla que no tiene idea del árbol que lleva dentro. La vida escondida es mayor de lo que sabemos, y mucho de lo que verdaderamente somos queda por ahora fuera de nuestra vista tanto como de la del mundo, escondido con Cristo en Dios.
ESCONDIDA, Y POR ESO SEGURA
Pero lo escondido no es solo ocultamiento; es seguridad. Vuestra vida está escondida, y lo que está escondido en Dios está del todo a salvo, fuera del alcance de cualquier enemigo que quiera destruirlo. El mundo puede tocar la vida exterior, puede herir y despojar y hasta matar el cuerpo, pero no puede tocar la vida escondida, porque no puede encontrarla, no puede meterse en Dios para arrancarla. Mis ovejas oyen mi voz, dijo el Señor, y yo les doy vida eterna: y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, mayor que todos es: y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Sostenida en la mano de Cristo, y esa mano sostenida en la mano del Padre, la vida escondida está doblemente asegurada, a salvo de todo temor.
Este es un hondo consuelo en un mundo amenazante. Sea lo que sea que le suceda a la vida exterior y visible, la vida real está escondida con Cristo en Dios, intocable, guardada. El alma puede ser oprimida, el cuerpo puede sufrir, el hombre exterior puede perecer, y aun así la vida escondida está a salvo, porque no la guardamos nosotros, que no podríamos guardarla, sino Dios, en quien está escondida. Los esconderás, dice el salmista, en el secreto de tu rostro; ocultaráme en lo reservado de su pabellón. La vida escondida es el tesoro oculto y custodiado, y Dios es su guardián.
LO ESCONDIDO SE MANIFIESTA
Y la vida escondida no permanecerá escondida para siempre. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, dice el apóstol, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Viene un día de manifestación, cuando lo escondido será revelado, cuando los santos oscuros y poco notables aparecerán en su verdadera gloria, resplandeciendo como los hijos de Dios que siempre fueron. El continuo anhelar de las criaturas, dice el apóstol, espera la manifestación de los hijos de Dios, el día en que lo que ahora está oculto sea por fin mostrado. Así que el creyente no necesita aferrarse a la gloria ahora, no necesita ser reconocido ni vindicado ni visto en esta vida, porque la manifestación viene, y será la propia gloria de Cristo la que comparta.
Esto da una gran paciencia ante la oscuridad presente. No necesitamos hacer visible nuestra vida, ser conocidos y admirados y vindicados ahora, porque sabemos que la vida escondida será manifestada a su tiempo, y manifestada en gloria, cuando Cristo aparezca. El santo contento de estar escondido ahora, desconocido y sin reconocimiento, no pierde nada, sino que espera una revelación que eclipsará con mucho cualquier reconocimiento que este mundo pudiera dar. El que quiere ser vindicado ahora, a la vista del mundo, cambia la gloria venidera por una notoriedad presente; el que se contenta con estar escondido espera la gloria misma.
CONTENTO DE ESTAR ESCONDIDO
Y esta es la libertad de la vida escondida, la libertad de la necesidad de ser visto. El mundo vive para la visibilidad, para el reconocimiento, para la atención de los demás, y es esclavo de ello, actuando siempre para un público, incapaz de descansar a menos que lo vean. Pero aquel cuya vida real está escondida con Cristo en Dios queda libre de todo eso, porque su vida no necesita testigo terrenal, estando ya atestiguada por Dios, y guardada con Cristo. Puede contentarse con ser desconocido, con hacer el bien en secreto, con vivir y servir y orar sin ser visto, porque la mirada que importa es la de Dios, y la gloria que importa viene en camino. A él conviene crecer, mas a mí menguar, dijo Juan el Bautista de su Señor, y lo dijo con gusto, contento de hacerse más pequeño y más escondido para que Cristo creciera.
CRISTO, QUE ES NUESTRA VIDA
Debemos ver de quién es esta vida escondida, porque el apóstol la nombra con claridad. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, dice. Cristo es nuestra vida. La vida escondida no es meramente nuestra propia vida mejorada, hecha mejor y más santa, y puesta a resguardo. Es Cristo mismo, viviendo en nosotros, la vida misma del Señor resucitado hecha nuestra vida. Esto es lo más hondo de la vida escondida: que no es nuestra en absoluto en el sentido antiguo, sino suya, una vida que no generamos y no podemos sostener, la vida de Cristo escondida en nosotros y nosotros en él.
El apóstol Pablo lo dijo de sí mismo en palabras que nadie habría podido inventar. Con Cristo estoy juntamente crucificado, escribió, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí. El antiguo yo fue crucificado, murió con Cristo, y la vida que ahora vivía no era suya sino de Cristo viviendo en él. No yo, sino Cristo. Esta es la vida escondida: que el creyente ha muerto a su propia vida y se le ha dado la vida de Cristo, de modo que su yo más verdadero es ahora Cristo en él, escondido del mundo, escondido a menudo de sí mismo, pero real y vivo y suyo.
Así que la vida escondida no se alimenta ni se sostiene con nuestros propios esfuerzos por mantenerla viva sino con Cristo, que es esa vida. No fabricamos santidad esforzándonos, como si la vida escondida fuera un fuego que debemos mantener encendido con nuestro propio combustible. Tomamos de la vida de Cristo dentro de nosotros, recibimos de su plenitud, vivimos de su vida como el pámpano vive de la vid. Porque para mí el vivir es Cristo, dijo el apóstol, reuniendo toda su existencia en esa sola palabra. Cristo no era una parte de su vida sino toda ella, su fuente y su sustancia, su principio y su fin.
Esto quita un enorme peso del alma que ha tratado de vivir la vida cristiana con su propia fuerza. La vida escondida no depende de que nosotros nos mantengamos vivos, porque es la vida de Cristo, y Cristo no muere. Somos guardados, no por nuestro agarre de él, sino por su vida en nosotros, que es tan segura como él. Así que la vida escondida está a la vez escondida y a salvo y viva, porque Aquel que es esa vida está él mismo escondido con nosotros en Dios, vivo por los siglos de los siglos, sosteniendo lo que ha dado. Cuando aparezca el que es nuestra vida, apareceremos con él, porque su vida y la nuestra son ahora una.
Así que no te aferres a la visibilidad, ni te aflijas por tu oscuridad, ni midas tu vida por cuánto de ella se ve. Tu vida real no es la visible sino la escondida, muerta al antiguo orden y escondida con Cristo en Dios, a salvo de todo alcance, y destinada a ser manifestada en gloria cuando Cristo aparezca. Conténtate, entonces, con estar escondido. Vive la vida escondida, sirviendo y orando y amando sin ser visto, libre de la necesidad de un testigo terrenal, esperando con paciencia el día de la manifestación. Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios, y cuando aparezca el que es tu vida, entonces tú también aparecerás con él en gloria.
El encargo
- Deja de aferrarte a la visibilidad. Haz un bien esta semana en secreto, contento de que solo Dios lo vea y de que no necesite testigo terrenal.
- Cuando la oscuridad te aflija, recuerda que tu vida real está escondida y a salvo, y que la manifestación en gloria viene en camino.
- Ora la oración de Juan el Bautista sobre algún lugar donde has querido ser visto: a él conviene crecer, mas a mí menguar.
La oración
Señor, me he aferrado a la visibilidad y me he afligido por mi oscuridad, olvidando que mi vida real está escondida contigo en Dios, segura y a salvo y destinada a la gloria. Líbrame de la necesidad de ser visto. Déjame vivir la vida escondida, sirviendo y orando sin ser visto, contento de que tú lo contemples, y esperando el día en que Cristo, mi vida, aparezca, y yo con él. Amén.
Llévalo contigo
Mi vida real está escondida y a salvo; el mundo no puede tocar lo que no puede encontrar.
Para estudiar más a fondo
Una vida fuera de la vista, escondida y segura, manifestada en gloria. Siéntate con cada una.
- Colosenses 3:3, 4Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.
- 1 Juan 3:1, 2Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a él. Aun no se ha manifestado lo que hemos de ser.
- Juan 10:28, 29Y nadie las arrebatará de mi mano. Y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.
- Romanos 8:18, 19El continuo anhelar de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios.
- Salmo 27:5Él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; ocultaráme en lo reservado de su pabellón.
- Juan 3:30A él conviene crecer, mas a mí menguar.