Todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto.
Todo pámpano que en mí no lleva fruto, le quitará: y todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto.
El Señor nos muestra la vid, y a sí mismo como la vid verdadera, y al Padre como el labrador que la cuida, y a nosotros como los pámpanos. Y nos habla de dos tratos que tiene el labrador con los pámpanos, según lleven fruto o no. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, le quitará, y todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto. El pámpano sin fruto es quitado; pero el pámpano con fruto es limpiado, es decir, podado, recortado por el cuchillo del labrador. Y esta es una lección dura y necesaria: que la fecundidad no nos ahorra el cuchillo, sino que lo convoca.
Esperaríamos que fuera de otro modo. Pensaríamos que el pámpano que da fruto debería ser dejado en paz, premiado con un descanso del cuchillo, y que solo el pámpano estéril debería ser cortado. Pero la sabiduría del viñador es la contraria. Corta el pámpano fecundo precisamente porque da fruto, lo recorta para que dé aún más. El cuchillo que cae sobre el pámpano fecundo no es el hacha del juicio que cae sobre el estéril, sino la podadera de un jardinero cuidadoso, y cae sobre el pámpano que él más estima, para hacerlo todavía más fecundo.
EL CUCHILLO SOBRE EL FECUNDO
Por eso no debemos leer cada corte como señal del desagrado de Dios, pues la poda del pámpano fecundo es señal de su cuidado. Cuanto más fecundo es un pámpano, más se poda, porque el labrador da su atención más cercana a sus mejores pámpanos. Cuando Dios te recorta justo cuando te sentías más fecundo, cuando quita y reduce y se lleva algo en una temporada de tu mayor utilidad, no concluyas que está en contra tuya. El pámpano podado es el pámpano atendido, el amado y estimado, el que recibe el cuidado particular del labrador. El cuchillo sobre el fecundo no es castigo sino cultivo.
Esto pone de cabeza nuestro entendimiento de muchas pruebas. Suponemos que si damos fruto, si servimos a Dios, si crecemos, hemos ganado alguna exención de la pérdida y del corte, y nos desconcertamos cuando las pérdidas llegan en nuestras temporadas más fecundas. Pero la vid nos enseña que justo entonces viene la poda, que la fecundidad misma que pensábamos que debía librarnos es la razón del cuchillo. Dios poda el pámpano que da fruto, para que dé más, y el corte que no podemos entender es muchas veces la marca de una fecundidad que él piensa aumentar.
LO QUE CORTA EL CUCHILLO
Y debemos entender qué es lo que corta el cuchillo de la poda. No es solamente el corte del pecado, pues eso pertenece al quitar lo que está muerto y sin fruto. La poda recorta madera viva, crecimiento legítimo, los brotes que no son malos en sí mismos pero que desvían la savia del fruto. La vid que se deja sin podar crece exuberante en hojas y madera y da poco, porque su fuerza se va en crecer en vez de dar fruto. Así que el labrador recorta incluso el buen crecimiento, los brotes sanos, para que la fuerza se junte en fruto en vez de dispersarse en madera. Y por eso la poda muchas veces nos quita cosas que no eran malas, cosas buenas, comodidades y crecimientos lícitos, porque estaban desviando la savia de nuestra vida lejos del fruto que Dios quiere.
Esta es la poda que más nos desconcierta, cuando Dios quita no nuestros pecados, que podríamos entender, sino nuestras cosas buenas, nuestras comodidades, nuestros éxitos, nuestra misma fecundidad en un lugar, para que nuestra fuerza se junte para dar fruto en otro. Las pérdidas que no tienen sentido, los despojos de cosas buenas en temporadas buenas, son muchas veces justo esto: el labrador recortando la madera buena para que el pámpano dé mejor fruto. No está destruyendo el pámpano. Lo está concentrando, juntando su fuerza dispersa en el fruto que piensa que lleve.
ESTAD, Y LLEVAD FRUTO
Y todo el secreto del fruto, y de sobrevivir la poda, está en la palabra que el Señor repite a lo largo del pasaje: estad. Estad en mí, y yo en vosotros, dice. Como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid; así ni vosotros, si no estuvieres en mí. El fruto no es obra del pámpano, no es algo que produzcamos con nuestro esfuerzo, sino la savia de la vid que corre por el pámpano que está en ella y lleva su fruto en nosotros. Porque sin mí, dice el Señor con claridad, nada podéis hacer. El pámpano lleva fruto solo estando, solo permaneciendo unido a la vid y dejando que su vida corra por él, y toda nuestra fecundidad es en último término su vida en nosotros, no nuestra obra para él.
Y la poda sirve al estar, pues el recorte empuja al pámpano más hondo en la dependencia de la vid. Cuando nuestro propio crecimiento es cortado, cuando los puntales y comodidades en que nos apoyábamos son podados, somos lanzados de vuelta sobre la vid sola, obligados a beber más hondo de una vida que no es nuestra. La poda arranca lo que nos daba reposo aparte de Cristo, y así profundiza nuestro estar en él, nos enseña de nuevo que sin él nada podemos hacer, y junta nuestra fuerza otra vez en la única fuente de todo nuestro fruto. El cuchillo que nos recorta nos está empujando hacia adentro.
EL FRUTO APACIBLE
Debemos ser sinceros: la poda duele, porque el cuchillo es real y el corte se siente. Ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, dice el apóstol, sino de tristeza. La poda es dolorosa ahora; esa es la pura verdad, y no necesitamos fingir que el corte no hiere. Pero el mismo apóstol termina la frase: mas después da fruto apacible de justicia a los que en él son ejercitados. Después. El dolor es ahora; el fruto apacible viene después. La poda que nos aflige en el presente está obrando una cosecha de justicia y de paz que veremos solo más tarde, cuando el fruto haya llegado.
De modo que se nos pide confiar en el cuchillo del labrador, creer que la mano que corta es hábil y bondadosa, y corta para dar fruto y no para dañar. No es un carnicero descuidado que tajea la vid, sino un sabio viñador que sabe exactamente qué cortar y por qué, que poda cada pámpano para su mayor fecundidad, y que guarda la vid que cuida. Yo Jehová la guardo, dice de su viña, cada momento la regaré; guardaréla de noche y de día, porque nadie la visite. El Dios que poda es el Dios que guarda, y el cuchillo en su mano es guiado por un amor que no quiere sino fruto.
EL FRUTO ES PARA SU GLORIA
Y debemos recordar, en todo este llevar fruto y ser podados, de quién es el fruto y para quién crece. En esto es glorificado mi Padre, dice el Señor, en que llevéis mucho fruto. El fruto es para la gloria del Padre, no para la nuestra. El pámpano no lleva fruto para ser admirado, no cría sus uvas para su propio crédito, sino para que la vid y el labrador sean glorificados en la vendimia. Así que cuando damos fruto, no nos tomamos el crédito, pues el fruto es la vida de la vid que corre por nosotros, y la gloria le pertenece al Padre que cuida la vid, y no al pámpano por el cual apareció el fruto.
Esto nos libera de un peligro sutil de la fecundidad, el peligro de gloriarnos en nuestro propio fruto, de atribuirnos el crédito de lo que en realidad es la vida de la vid en nosotros. El pámpano cargado de uvas podría tentarse a creerse su fuente, olvidando que cada uva se crió con savia que él no hizo, sacada de una vid que él no plantó, y que sin la vid no podría llevar nada. Así que el alma fecunda debe guardarse del orgullo en su fruto, recordando siempre que el fruto es de la vid y la gloria del Padre, y que el pámpano es solamente el lugar donde la vida de la vid llegó a dar fruto.
Y también esto lo sirve la poda, pues el recorte mantiene humilde al pámpano, le recuerda que no es la fuente de su propio fruto, lo lanza de vuelta sobre la vid. El pámpano que nunca fue podado podría crecer orgulloso y exuberante y autosuficiente; el pámpano podado se mantiene bajo, se mantiene dependiente, se mantiene consciente de que su fruto no es logro suyo sino don del labrador. Así la poda guarda la humildad sin la cual el fruto solo alimentaría nuestro orgullo, y mantiene la gloria de la cosecha donde le corresponde, con el Padre que cuida la vid.
Así que lleva fruto para su gloria y no para la tuya, y deja que la poda te mantenga humilde en el llevarlo. El mucho fruto que el Padre busca es fruto que lo glorifica, llevado por un pámpano que sabe que es solo un pámpano, que saca toda su vida de la vid. Este es todo el propósito del cuidado del labrador: que la vid esté cargada de fruto para la gloria del Padre, y la poda y el fruto sirven por igual a ese fin.
Así que no te resientas por la poda, ni leas cada corte como el desagrado de Dios. Cuando quite en tus temporadas fecundas, cuando lleguen las pérdidas y se retiren las cosas buenas y seas recortado justo cuando sentías que dabas fruto, sabe que el pámpano fecundo es el pámpano podado, y que la poda es para más fruto. Deja que el corte te empuje más hondo en el estar, de vuelta a la vid cuya vida sola lleva fruto en ti. Y confía en el cuchillo del labrador, doloroso como es ahora, pues después da fruto apacible de justicia. Todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto.
El encargo
- Cuando Dios te recorte en una temporada fecunda, rehúsa leerlo como su desagrado. Recibe la poda como el cuidado del labrador por un pámpano que estima.
- Deja que la poda te empuje más hondo en el estar en él. Donde un puntal o una comodidad haya sido cortado, échate de vuelta sobre la vid sola.
- Confía en el cuchillo. Cuando el corte te aflija ahora, cree que el labrador es hábil y bondadoso, y que después viene el fruto apacible.
La oración
Padre, tú eres el labrador, y he resentido tu cuchillo de podar, leyendo cada pérdida como tu desagrado, cuando tú solo me recortabas para que diera más fruto. Enséñame a confiar en tu mano. Que el corte me empuje más hondo en el estar en la vid, y dame fe para esperar el fruto apacible que viene después. Amén.
Llévalo contigo
El pámpano fecundo es el pámpano podado. El cuchillo sobre él es cultivo, no castigo.
Para estudiar más a fondo
El pámpano podado, el estar para dar fruto, el fruto apacible de después. Siéntate con cada uno.
- Juan 15:1–8Estad en mí, y yo en vosotros; porque sin mí nada podéis hacer.
- Hebreos 12:11Mas después da fruto apacible de justicia a los que en él son ejercitados.
- 2 Corintios 4:17Lo que al presente es momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un sobremanera alto y eterno peso de gloria.
- Santiago 1:12Bienaventurado el varón que sufre la tentación.
- Isaías 27:3Yo Jehová la guardo, cada momento la regaré.
- Romanos 8:28A los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien.