Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
Moisés, el varón de Dios, escribió un salmo sobre la brevedad de la vida humana, y es una lectura sobria. Los días de nuestra edad, dice, son setenta años, y si en los más robustos son ochenta años, con todo su fortaleza es molestia y trabajo, porque es cortado presto, y volamos. Somos como la hierba que en la mañana florece y a la tarde es cortada, como un pensamiento que se acaba. Y de esta mirada lúcida a nuestra propia brevedad nace la oración. Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
Contar nuestros días es calcular con honestidad cuán pocos son, vivir en la conciencia de que están contados y se acaban, de que somos mortales y el fin es real y no está lejos. Esto no es cosa morbosa sino sabia, pues el salmista la ata directamente a la sabiduría. Que traigamos al corazón sabiduría. El recuerdo de la muerte es un maestro, y la lección que enseña es cómo vivir. El alma que olvida que ha de morir vive necia; el alma que lo recuerda, sabiamente.
LA SABIDURÍA DEL FIN
Porque el recuerdo de la muerte ordena una vida como ninguna otra cosa puede. Separa en un instante lo importante de lo trivial, mostrando lo que importará cuando lleguemos a morir y lo que no, de modo que dejamos de gastar nuestros pocos días en cosas que no significarán nada al final. Afloja la mano sobre lo que no podemos conservar, pues el hombre que recuerda que debe dejarlo todo no se aferra tan desesperadamente. Y nos empuja a lo que importa mientras hay tiempo. El Predicador dijo que mejor es ir a la casa del luto que a la casa del convite, porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive parará mientes. El fin considerado vuelve sabio el presente.
Por eso quienes más en serio han tomado a Dios han tenido siempre la muerte delante, no para oscurecer la vida sino para volverla sobria y clara. La escribieron en sus paredes y en sus corazones, acuérdate de que has de morir, no por amor a la tristeza sino por amor a la sabiduría, sabiendo que el alma que olvida su muerte está bajo un hechizo, viviendo como si tuviera tiempo ilimitado, malgastando los días contados como si fueran incontables. Contar los días rompe el hechizo. Despierta al dormido a la verdad de que su vida es un vapor que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece, y lo envía a vivirla bien mientras la tiene.
REDIMIR EL TIEMPO
Y así el recuerdo de la muerte es un llamado no al pánico sino a la diligencia, a redimir el tiempo. Mirad, pues, cómo andéis avisadamente, dice el apóstol, no como necios, mas como sabios, redimiendo el tiempo, porque los días son malos. Redimir el tiempo es comprarlo de nuevo al desperdicio, gastar nuestros pocos días contados en lo que es digno de ellos, no dejar que se nos escurran en nimiedades y dilaciones. El Señor mismo obró según este cálculo. Conviéneme obrar las obras del que me envió, entre tanto que el día dura, dijo; la noche viene, cuando nadie puede obrar. Hay un día que se nos da para nuestra obra, y una noche que viene y la terminará, y el alma sabia obra mientras es de día.
Esto no significa un atareamiento frenético y ansioso, atiborrando los días de actividad por miedo al fin. Eso no es sabiduría sino su falsificación. Significa una diligencia callada y ordenada, un gastar cada día en lo que importa, un negarse a malgastar las horas contadas en lo que no significará nada cuando se hayan ido. Quien recuerda la muerte no se apresura en pánico; anda avisadamente, con deliberación, redimiendo el tiempo, haciendo en el día la verdadera obra del día, y dejando a Dios el desenlace y la duración de su vida.
LA MUERTE ABSORBIDA
Y para el creyente, este recuerdo de la muerte no es al fin cosa oscura sino llena de esperanza, porque la muerte ha sido vencida. Para el cristiano la muerte es un enemigo derrotado, absorbido en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, clama el apóstol, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón ha sido sacado, la victoria deshecha, por la muerte y la resurrección de Cristo. Así que contamos nuestros días no en el pavor de quienes no tienen esperanza, sino en la sobria alegría de quienes van a casa. Porque para mí el vivir es Cristo, pudo decir Pablo, y el morir es ganancia. Ganancia. La muerte, para quien está en Cristo, no es pérdida sino ganancia, la puerta de regreso a casa.
Así el cristiano recuerda la muerte como maestra y como puerta, maestra de sabiduría para vivir estos pocos días, y puerta, cuando se acaben, a la presencia del Señor. No finge que la muerte no existe, como hace el mundo, escondiéndola y temiéndola y sin hablar de ella jamás. La mira de frente, cuenta sus días por ella, deja que ordene su vida, y luego mira a través de ella al Cristo resucitado al otro lado, y no tiene miedo. El aguijón se ha ido. Lo que queda es una maestra y una puerta.
ORDENA TU CASA
Cuando el rey Ezequías cayó enfermo, el profeta Isaías vino a él con una dura palabra de parte del Señor. Ordena tu casa, le dijo, porque tú morirás, y no vivirás. Es una palabra que todo mortal debe oír un día, y el alma sabia la oye antes de que la pronuncie un profeta junto a su lecho, y ordena su casa mientras hay tiempo. Ordenar la casa es vivir cada día como quien quizá no tenga otro, no dejar sin hacer nada necesario que la muerte dejaría sin hacer para siempre, mantener saldadas las cuentas del alma con Dios y con los hombres, de modo que cuando llegue la citación nos halle listos y no apresurados.
Porque el gran peligro es ser sorprendido sin estar preparado, haber aplazado la reconciliación, la confesión, la enmienda, la palabra de amor no dicha, el agravio no reparado, siempre con la intención de atenderlo después, y que el después nos sea quitado. El recuerdo de la muerte es la cura de este aplazar sin fin. Nos urge hoy lo que dejaríamos para un mañana que quizá no venga, instándonos a arreglar ahora lo que desesperadamente querríamos haber arreglado al final. No lleves a la muerte una riña sin perdonar, un pecado sin confesar, un deber sin cumplir, si está en tu poder ordenarlo hoy.
Esta disposición es lo que el Señor inculcó a sus discípulos una y otra vez. Por tanto, también vosotros estad apercibidos, dijo, porque el Hijo del hombre ha de venir a la hora que no pensáis. La hora está oculta a propósito, para que ningún día se tenga por seguro para no estar listo, y toda la vida sabia consiste en vivir preparado, la casa siempre en orden, la lámpara siempre arreglada, de modo que la venida del Señor, sea al fin del mundo o al fin de nuestra pequeña vida, nos halle no sorprendidos y desprevenidos sino esperando y alegres.
Y hay una paz en tal disposición que los desprevenidos nunca conocen, la paz de un alma que no tiene nada sin hacer que tema dejar sin hacer, que ha hecho su paz con Dios por medio de Cristo y ha mantenido cuentas cortas con los hombres, y por eso puede enfrentar cada día, y la muerte misma, sin el terror de los que no están preparados. Ordena tu casa, pues, no solo en tiempo de enfermedad, sino ahora, mientras estás sano, para que el contar tus días desemboque no en pavor sino en una paz firme y dispuesta.
Así que enséñate a contar tus días, y pide a Dios que te enseñe. Ten la muerte delante, no como terror sino como una maestra sabia, dejando que separe lo trivial de lo importante y afloje tu mano sobre lo que no puedes conservar. Redime el tiempo, haciendo la verdadera obra del día mientras es de día, porque la noche viene. Y recuerda la muerte en la esperanza de la resurrección, como enemigo derrotado y puerta de regreso a casa, para que ni malgastes tus días en el olvido ni temas su fin con pavor. Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
El encargo
- Cuenta tus días con honestidad esta semana. Pregúntate qué importará cuando llegues a morir, y deja que eso separe ahora lo trivial de lo importante.
- Redime el tiempo. Dedica una parte de un día a lo que de verdad es digno de tus horas contadas, en lugar de dejar que se escurra en nimiedades.
- Mira la muerte de frente, y luego mira a través de ella al Cristo resucitado, contando tus días en esperanza y no en pavor.
La oración
Señor, vivo como si mis días fueran incontables, malgastando los pocos que me has dado, olvidando que he de morir. Enséñame a contar mis días. Que el recuerdo de la muerte me haga sabio, separando lo trivial de lo eterno, y déjame mirar a través de la muerte al Cristo resucitado, que le sacó el aguijón, y contar mis días en esperanza. Amén.
Llévalo contigo
El alma que olvida que ha de morir vive bajo un hechizo. Contar los días lo rompe.
Para estudiar más a fondo
La brevedad de la vida, redimir el tiempo, la muerte vencida. Siéntate con cada uno.
- Salmo 90:10–12Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
- Eclesiastés 7:2Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del convite: y el que vive parará mientes.
- Santiago 4:14Ciertamente es un vapor que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.
- Efesios 5:15, 16Redimiendo el tiempo, porque los días son malos.
- Filipenses 1:21Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.
- 1 Corintios 15:54–57¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Sorbida es la muerte con victoria.