Sermón XIII

La herida

Isaías 53:5 · 9 minutos de lectura

Y por su llaga fuimos nosotros curados.

Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.
Isaías 53:5

Setecientos años antes de que se clavaran los clavos, Isaías se puso de pie y miró por el largo corredor del tiempo, y describió a un hombre que nunca había visto, herido y molido y golpeado, y comprendió, por el Espíritu, que las heridas no eran del hombre mismo. Fue herido por nuestras rebeliones, dice el profeta, molido por nuestros pecados. Las heridas nos pertenecían. Las transgresiones eran nuestras, y las heridas que nuestras transgresiones merecían cayeron sobre él. Este es el corazón de todo el evangelio puesto en un solo versículo de un rollo antiguo: que uno fue herido en lugar de los culpables, y que por su herida los culpables son hechos íntegros.

Debemos detenernos en lo extraño de este intercambio, porque nos acostumbramos tanto a las palabras que dejamos de oírlas. El castigo de nuestra paz sobre él. El castigo que compra nuestra paz fue puesto sobre él. Cada parte del versículo es un intercambio: su herida por nuestra rebelión, su golpe por nuestro pecado, su castigo por nuestra paz, y al final, su llaga por nuestra curación. Tomó lo que era nuestro, para que nosotros tomáramos lo que era suyo. Recibió los golpes que nosotros habíamos ganado, y nosotros recibimos la integridad que él no necesitaba. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, sigue diciendo Isaías, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.

LA HERIDA QUE SANA

Y aquí está la paradoja más honda del versículo: que una herida sane. Las heridas no sanan; las heridas dañan, las heridas matan. Sin embargo el profeta dice: por su llaga fuimos nosotros curados, y el apóstol Pedro retoma las mismas palabras: por la herida del cual habéis sido sanados. La llaga es la marca que deja el látigo, el verdugón levantado sobre la carne desgarrada, y se nos ofrece como medicina. ¿Cómo puede una herida ser una cura? Solo de esta manera: porque la llevó otro, y la llevó en nuestro lugar. Su herida es nuestra curación precisamente porque nos tocaba a nosotros llevarla y él la llevó. La medicina no es la herida en sí sino la sustitución, el amor que se puso entre nosotros y el golpe y lo recibió en el cuerpo.

Así que la cruz es un hospital extraño, donde la curación no fluye de la salud del médico sino de sus heridas. Los hombres se burlaron de él con esa misma verdad, sin saber lo que decían. Médico, cúrate a ti mismo, lo escarnecían, y él no quiso, porque no había venido a cuidar su propio cuerpo sino a sanar el nuestro no cuidándolo. Pudo haber convocado legiones y bajar entero y sin heridas, y de haberlo hecho, ninguno de nosotros habría podido ser sanado. Se quedó en el madero, y guardó las heridas, y al guardarlas las hizo la fuente de nuestra cura. Los heridos fueron sanados porque él se negó a sanarse a sí mismo.

NUESTRAS PROPIAS HERIDAS

Ahora bien, todos llevamos heridas, y debemos ser sinceros acerca de ellas. Están las heridas que hemos recibido de otros, las traiciones y crueldades y pérdidas que marcan una vida, los daños que se nos hicieron sin que los mereciéramos. Y están las heridas que nos hemos infligido nosotros mismos, la ruina que hace nuestro propio pecado, las transgresiones que han desgarrado nuestra paz y la paz de los que nos rodean. Y nuestro instinto, con ambas clases, es sanarnos a nosotros mismos, vendar nuestras heridas en privado, manejar el daño, esconder la lesión y fingir una integridad que no tenemos. Pero no hay autocuración para la herida más honda. El alma no puede suturar su propia culpa. La herida del pecado llega demasiado hondo para cualquier venda que podamos alcanzar.

Esta es la dura misericordia del versículo: que saca de nuestras manos todo el asunto de la curación. Nosotros no nos sanamos. Él nos sana, y nos sana por sus heridas y no por nuestros esfuerzos. Él sana a los quebrantados de corazón, canta el salmista, y liga sus heridas, y el ligar es obra suya y no nuestra. El médico es quien sutura. Nuestra parte no es fabricar una cura sino traer la herida a Aquel cuyas heridas son la medicina, dejar de esconderla y entregarla, desgarrada y vergonzosa como está, a las manos que fueron ellas mismas desgarradas por nosotros.

LLEVAR LA HERIDA A LAS HERIDAS

Porque el Cristo resucitado no dejó sus heridas en la tumba. Cuando vino al discípulo que dudaba, no le mostró un cuerpo sanado y sin costuras, sino que extendió las manos traspasadas y el costado abierto. Mete tu dedo aquí, y ve mis manos, le dijo, y alarga acá tu mano, y métela en mi costado. Guardó las heridas a través de la muerte y hasta el otro lado de ella, ahora glorificado pero todavía visible, la evidencia eterna de que nuestra curación le costó su cuerpo. Y así el camino para ser sanado es llevar nuestras heridas a las suyas, poner nuestro lugar desgarrado contra el lugar donde él fue desgarrado por nosotros, y dejar que las manos traspasadas hagan su obra de ligar.

Esto es cierto aun de las heridas que otros nos han hecho, los daños que no merecíamos. Porque esas heridas también hallan su respuesta en la cruz, donde Aquel que fue herido en casa de sus amigos absorbió toda crueldad y la volvió, por su sangre, el fundamento del perdón. Mirarán a mí, a quien traspasaron, dice el profeta, y en el mirar hay sanidad, tanto para la herida que hemos sufrido como para la que hemos causado. Pacificó, dice el apóstol, por la sangre de su cruz, y no hay herida nuestra, dada o recibida, que su herida no pueda alcanzar y sanar.

ÉL LLEVÓ NUESTROS DOLORES

El profeta no habla solo de nuestras rebeliones y pecados, la culpa que necesitaba expiación, aunque esa es la herida más honda de todas. Habla también de enfermedades y dolores. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, dice, y sufrió nuestros dolores, y llama al siervo varón de dolores, experimentado en quebranto. Las heridas que Cristo tomó sobre sí no fueron solo el peso legal de nuestro pecado sino toda la carga aplastante del dolor de un mundo quebrado, la pena y el duelo y la pesadumbre que oprimen el corazón humano. No se quedó a una distancia limpia de nuestra miseria para pronunciar perdón desde lejos. Entró en ella, la tomó en su propio cuerpo y alma, y la llevó como suya.

Esto significa que su sanidad llega más lejos que la conciencia culpable, por honda que esta llegue. Alcanza la mente herida y el corazón en duelo, porque también esos los llevó. No hay dolor que puedas traerle que él no haya cargado ya, ninguna pena tan pesada que él no se haya inclinado bajo todo su peso en Getsemaní, donde su alma estuvo muy triste, hasta la muerte. El varón de dolores no se espanta de tu dolor. Es experimentado en quebranto, lo conoce de cerca y en persona, y se acerca a los que lloran como quien conoce el país desde dentro. Las heridas que sanan al culpable sanan también al que sufre, porque él llevó ambas cosas al madero.

Así que cuando vengas a él herido, no pienses que debes ordenar primero tus heridas, trayéndole solo la culpa respetable y escondiendo el dolor en carne viva como si no fuera digno de él. Tráelo todo. Trae el pecado que te avergüenza y la pena que no tiene palabras, la transgresión y el corazón roto por igual, porque él llevó las dos cosas, y hay sanidad en su llaga para toda clase de herida que un alma pueda cargar. No es médico de una sola enfermedad. Es el sanador del hombre entero y quebrado.

LOS SANADOS SE VUELVEN SANADORES

Y hay todavía una misericordia más: que la herida que él sana en nosotros no desaparece sin dejar rastro, sino que se vuelve, en sus manos, un pozo de compasión para otros. El Dios de toda consolación, dice el apóstol, nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquiera angustia, con la consolación con que nosotros somos consolados de Dios. El consuelo se da para darse otra vez. El que ha sido sanado por sus heridas se vuelve, a su vez, un sanador herido, capaz de vendar a otros precisamente porque conoce desde dentro tanto la herida como la cura.

Así redime Dios hasta nuestras lesiones, no solo sanándolas sino haciendo del lugar sanado una fuente de misericordia hacia los todavía heridos. El hombre que ha llorado y ha sido consolado llora con los que lloran, y su consuelo no es la palabra hueca de quien nunca ha sufrido sino el don ganado a pulso de quien ha estado allí y ha sido sacado en brazos. Nada se desperdicia en la economía de la cruz. Las mismas heridas que el enemigo quiso para nuestra destrucción, Dios las toma y las vuelve, por las heridas de su Hijo, instrumentos de sanidad para otros. La cicatriz se hace testimonio, y el testimonio se hace medicina en la boca del sanado.

Así que no gastes tu fuerza tratando de sanarte a ti mismo, vendando en secreto lo que no quiere cerrar, escondiendo la lesión y llamando salud al esconderla. Lleva la herida a las heridas. Lleva la culpa a las manos traspasadas, la vergüenza al costado abierto, el viejo daño a Aquel que fue herido por transgresiones que eran tuyas y no suyas. Guardó sus heridas para que tú fueras sanado por ellas, y nunca ha rechazado a un alma que viniera a él quebrantada y le pidiera ser hecha íntegra. Por su llaga fuimos nosotros curados, dice el profeta, y la sanidad no es algo que debas lograr sino algo que debes recibir, abierto delante del único Médico cuyas propias heridas son la cura.

El encargo

  • Nombra la herida que has tratado de sanar tú mismo, la culpa o el daño que escondes y manejas en privado, y deja de esconderla.
  • Lleva esa herida a sus heridas. Pon tu lugar desgarrado contra las manos traspasadas y el costado abierto, y pide ser sanado en vez de sanar.
  • Donde otro te haya herido, lleva ese daño a la cruz donde él hizo la paz por su sangre, y deja que su herida lo responda.

La oración

Señor Jesús, fuiste herido por mis rebeliones y molido por mis pecados, y yo he tratado de sanar con mi propia mano las heridas que solo la tuya puede curar. Dejo de esconderlas. Aquí está la culpa, aquí el daño, aquí la vergüenza. Ponlas contra tus manos traspasadas y tu costado abierto, y por tu llaga sáname, porque yo no puedo sanarme a mí mismo. Amén.

Llévalo contigo

Guardó sus heridas para que las mías fueran sanadas por ellas.

Para estudiar más a fondo

El intercambio, la herida que sana, las manos traspasadas. Siéntate con cada uno.

  • Isaías 53:4-6Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.
  • 1 Pedro 2:24Por la herida del cual habéis sido sanados.
  • Salmo 147:3Él sana a los quebrantados de corazón, y liga sus heridas.
  • Juan 20:27Alarga acá tu mano, y métela en mi costado.
  • Zacarías 12:10Mirarán a mí, a quien traspasaron.
  • Colosenses 1:20Pacificando por la sangre de su cruz.