Y cuando él viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio.
La verdad
Una de las obras centrales del Espíritu es la convicción, y vale la pena aprender a distinguir entre convicción y vergüenza, porque se sienten parecido y funcionan de manera muy distinta. La vergüenza dice que no vales nada y te esconde de Dios. La convicción dice que esto en particular está mal y te acerca a Dios para tratarlo con sinceridad.
La convicción del Espíritu es precisa, no general. No te deja con una nube vaga de indignidad. Señala, de manera concreta, el pecado, la justicia y el juicio, categorías con contenido, para que sepas exactamente qué llevar a la confesión en lugar de revolcarte en una culpa indefinida que no produce más que parálisis.
En realidad esto es una buena noticia, aunque en el momento no lo parezca. Un mundo sin convicción es un mundo que se desliza cómodamente hacia la ruina sin luces de advertencia. La convicción del Espíritu es la luz de advertencia haciendo su trabajo, incómoda pero protectora, hecha para responderle y luego soltarla, no para cargarla indefinidamente.
Cuando hoy llegue la convicción, no la confundas con la vergüenza ni te escondas. Deja que haga su obra precisa: nombra la cosa concreta, llévala a Dios con sinceridad, recibe lo que él ya prometió y sigue adelante limpio en lugar de cargarla.
Vive esta verdad
- Nombra algo en lo que el Espíritu te ha estado redarguyendo de manera concreta últimamente.
- Distínguelo de la vergüenza: ¿es precisa y orientada hacia Dios, o vaga y orientada hacia esconderse?
- Lleva hoy a Dios esa cosa concreta en confesión sincera, y luego suéltala.
Oración
Espíritu de Dios, enséñame a distinguir tu convicción precisa de la acusación vaga de la vergüenza. Cuando señales algo concreto, déjame llevártelo en lugar de esconderme. Amén.
Llévalo contigo hoy
La convicción señala y acerca. La vergüenza acusa y esconde.