El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en él confiaré.
El amparo
Este salmo le da a la fortaleza su nombre directamente: esperanza mía, y castillo mío. No un lugar, un edificio o una circunstancia, sino una persona, en quien se habita como se habita un lugar, bajo cuya sombra se mora como se mora bajo un abrigo. Toda la estructura de este libro descansa en esta única afirmación: la fortaleza que necesitas no es una estrategia. Es Dios mismo.
Fíjate en la frase el que habita al abrigo. No es una visita ocasional, meterse en el refugio solo durante lo peor de la tormenta y volver a salir cuando pasa. Describe una residencia continua, un habitar ordinario, la postura constante de quien ha hecho de este refugio su verdadero hogar, y no solo un albergue de emergencia usado con poca frecuencia.
Este segundo movimiento del libro pasa de nombrar la tormenta con honestidad a entrar de verdad en este refugio, sin saltarse el duelo nombrado en los primeros diez días, sino llevando ese duelo directamente al amparo que describe este salmo. La fortaleza no exige que llegues resuelto. Te recibe exactamente como te han dejado los diez días anteriores.
Di este versículo sobre ti hoy, a propósito: él es mi esperanza y mi castillo. No eventualmente, cuando las cosas mejoren. Ahora, en medio de cualquier tormenta que el primer movimiento de este libro haya nombrado con honestidad.
Refúgiate
- Di hoy este versículo sobre tu situación concreta, nombrándola.
- Considera qué significaría habitar en este refugio, y no solo visitarlo de vez en cuando.
- Lleva tu duelo tal como es directamente a la fortaleza, sin esperar a sentirte resuelto primero.
Oración
Señor, tú eres mi esperanza y mi castillo, y hoy te traigo mi duelo directamente, sin esperar a sentirme más resuelto. Déjame habitar aquí, y no solo visitar. Amén.
Llévalo contigo hoy
La fortaleza no es una estrategia. Es una persona, y su nombre es conocido.