Anda, siéntate en tu celda, y tu celda te enseñará todas las cosas.
Mas tú, cuando oras, éntrate en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto, te recompensará en público.
Hay una antigua palabra del desierto que ha sobrevivido a todos los imperios que estaban en pie cuando fue dicha. Un joven fue a ver a un anciano, turbado e inquieto, y le pidió una palabra que lo salvara. El anciano no le dio una doctrina, ni una disciplina, ni un plan. Dijo solamente esto: anda, siéntate en tu celda, y tu celda te enseñará todas las cosas. Es uno de los consejos más extraños que se hayan dado a un alma en angustia, porque no pide nada sino quedarse. Ningún viaje, ninguna conquista, ningún gran trabajo. Solo un cuarto, una puerta, y el valor de permanecer.
No creemos esto de manera natural. Creemos lo contrario. Creemos que la respuesta está en otra parte, que si pudiéramos llegar al próximo lugar, a la próxima etapa, al próximo arreglo de nuestra vida, el problema aflojaría su presa. Y así estamos siempre yéndonos. Salimos del cuarto, salimos de la hora, salimos del silencio en cuanto se vuelve pesado. Un hombre puede pasar cuarenta años huyendo de una quietud que lo habría sanado en cuarenta días. Los padres del desierto conocían esta huida por su nombre. Llamaban demonio a la comezón inquieta de estar en cualquier parte menos aquí, y no exageraban. Habían sentido todo su peso, y habían aprendido que miente.
El mundo tiene una palabra para la celda, y la palabra es soledad triste. Mira una puerta cerrada y a una persona sentada tras ella sin nada que la distraiga, y siente una especie de lástima, o una especie de miedo, y sigue de largo. Pero la soledad que duele y la soledad que se busca no son lo mismo, y la diferencia lo es todo. Lo primero es el dolor de estar cortado de la comunión para la que fuiste hecho. Lo segundo es el cierre deliberado de una puerta para abrir otra. La persona que sufre soledad ha sido abandonada. La persona que busca la soledad ha escogido, por una hora, estar con Aquel que nunca abandona. Puedes estar desesperadamente solo en medio de una multitud, rodeado y sin ser visto, y puedes estar en plena paz a solas en un cuarto vacío, porque en realidad no estás solo en él. La celda no es la profundización de tu aislamiento. Es su fin, en el único lugar donde el aislamiento puede terminar de verdad.
LA PUERTA CERRADA
Nuestro Señor da el mismo consejo, aunque nos hemos acostumbrado tanto a las palabras que ya no oímos cuán severas son. Cuando ores, dice, éntrate en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto. Fíjate en que no empieza por lo que hay que decir. Empieza por un lugar, una puerta y un acto de cerrar. Antes de que haya oración alguna, hay un umbral que cruzar y un mundo que dejar fuera a tus espaldas. La cámara, en la lengua antigua, es el cuarto interior, el almacén, la única parte de la casa sin ventana a la calle. Es el lugar que ninguna visita ve. Ese es todo el punto.
En todo lo demás que hacemos hay un público, lo admitamos o no. Nos ven en nuestro trabajo y nos ven en nuestro culto, nos ven en nuestra bondad y en nuestro dolor, y algo en nosotros está siempre buscando, aunque sea débilmente, la mirada de los que ven. El Señor lo nombra con claridad en los versículos justo antes de este, al advertir contra la oración que ama las esquinas de las calles, para ser vista de los hombres. No condena la compañía. Diagnostica una enfermedad que nos sigue aun a las cosas santas: la necesidad de ser observados, de ser contados, de que nuestra bondad se registre en otro rostro que no sea el de Dios. La puerta cerrada es la cura. Quita al público. Te deja con el único testigo que alguna vez iba a importar, el Padre que está en secreto, y quita toda otra razón que hubieras tenido para orar.
Por eso la cámara da un miedo tan callado, y por eso inventamos tantas razones para no entrar. Cuando la puerta está cerrada y nadie puede ver, la actuación no tiene objeto, y lo que queda de nosotros cuando la actuación se detiene es algo que la mayoría nunca ha conocido. Lo conocemos en la celda. Esa es la enseñanza que prometió el anciano, y no llega con suavidad.
LO QUE ENSEÑA LA CELDA
Siéntate en un cuarto con la puerta cerrada y nada que hacer, y pronto aprenderás que no entraste solo. Trajiste contigo todo el estruendo. Cada discusión sin terminar, cada pequeño resentimiento que habías archivado, cada apetito, cada preocupación, cada plan a medio formar, todo viene y se sienta a tu lado, porque vivía en ti todo el tiempo y solo el ruido lo mantenía escondido. La celda no pone estas cosas en ti. Te muestra lo que ya estaba allí. Esta es su primera y más dura lección, y es una misericordia disfrazada de aflicción. No puedes sanar lo que no quieres ver, y no lo verás mientras sigas moviéndote. La quietud sostiene el espejo quieto.
Luego viene el aburrimiento, y no debemos avergonzarnos de él, pues es parte de la escuela. El aburrimiento es lo que siente el alma inquieta cuando por fin se le quitan sus distracciones, la abstinencia de una larga adicción al estímulo. Se siente como si no pasara nada. En verdad pasa muchísimo, como pasa en un campo arado y dejado en barbecho durante una estación dura. El trabajo es subterráneo y parece muerte. Si huyes del aburrimiento, huyes del único suelo donde podría haber echado raíz una oración verdadera. Quédate, y el aburrimiento mismo se vuelve una especie de altar. En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas, dice el Señor, y lo dice aquí, en el largo y poco notable medio de una hora en que parece que nada llega.
En algún punto del aburrimiento se levantará una voz particular, y vale la pena saber su nombre antes de que hable, para que no te engañe. Los antiguos monjes la llamaban el demonio del mediodía, el espíritu de desgana que viene cuando el primer fervor se ha gastado y el final todavía no se ve. No te tienta con nada grande. Simplemente vuelve insoportable el momento presente y atractivo todo otro momento. Te dice que la hora no sirve de nada, que serías más útil en otra parte, que una oración de verdad se sentiría como algo y esto se siente como nada, que seguramente Dios no te exige sentarte aquí perdiendo una mañana. Cada palabra suya apunta a una sola cosa: que te levantes y salgas por la puerta. Este es el enemigo con quien los padres del desierto pelearon cuerpo a cuerpo, y nos dejaron su único consejo seguro, que no es discutir con él ni obedecerle, sino simplemente quedarse. No te levantes. Deja que la voz hable hasta quedar ronca. No puede obligarte a salir. Solo tú puedes, y todo tu crecimiento está en negarte.
Y entonces, si te has quedado lo suficiente y con la suficiente frecuencia, algo cambia que tú no fabricaste y no puedes convocar a voluntad. El cuarto que parecía vacío no está vacío. Aquel que estaba allí antes de que llegaras, que te vio en secreto todo el tiempo que creías estar solo con tu ruido, se da a conocer en silencio. No siempre como calor, no usualmente como sentimiento, más a menudo como un asentarse, un peso levantado del pecho, la sensación de haber sido encontrado. Esta es la recompensa que promete el versículo, y vale la pena decir con claridad lo que la recompensa no es. No es un estado de ánimo. No es un logro espiritual que puedas exhibir. Tu Padre que ve en secreto te recompensará en público, y la recompensa es él mismo, dado a un alma que por fin dejó de correr el tiempo suficiente para recibirlo.
EL EJEMPLO DEL SEÑOR
Si todo esto suena a camino duro y solitario, conviene recordar de quién fue primero ese camino. El Hijo de Dios, que no tenía pecado que confrontar ni autoengaño que curar, que estaba él mismo en comunión ininterrumpida con el Padre, aun así se levantaba antes de que amaneciera y salía a estar a solas. Y levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. Ese es el sencillo informe de Marcos sobre una mañana cualquiera en la temporada más ocupada de la obra del Señor, cuando todo el pueblo estaba a la puerta buscándolo. No se quedó para la multitud. Se apartó. Lucas nos dice que era su costumbre, que se apartaba a los desiertos y oraba, y que una vez salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Al final, en el huerto, con su alma muy triste, se alejó un poco incluso de sus amigos más cercanos y oró a solas en la oscuridad.
Considera lo que esto significa para ti. El lugar solitario no fue una concesión que el Señor hiciera a la debilidad, porque no la tenía. Era donde su fuerza se renovaba y se forjaba su obediencia. Si el único hombre que no necesitaba la celda no quiso prescindir de ella, entonces nuestra propia hambre de compañía, de ruido y de movimiento constante no es señal de cuán conectados estamos. Es señal de cuánto nos falta por aprender. Fue al lugar solitario porque allí se encuentra al Padre con más plenitud, y nos llama a seguirlo allí, no porque nos quiera solos, sino porque sabe lo que espera en la quietud, habiendo ido él mismo delante de nosotros.
TU CELDA ESTA MAÑANA
No necesitas un monasterio para nada de esto. Los padres del desierto tenían celdas de piedra de verdad, pero la celda nunca fue principalmente un lugar. Era una práctica de quedarse, y la práctica puede guardarse en cualquier cuarto con una puerta. El problema es que nuestras puertas ya no cierran. Llevamos en el bolsillo una ventana a cada calle del mundo, y brilla y zumba y nos pide sin cesar, y mientras esté al alcance la puerta está abierta por firmemente cerrada que esté. Así que el primer acto de entrar en la celda, en nuestra época, no es sentarse. Es poner la cosa brillante en otro cuarto, boca abajo, en silencio, fuera del alcance del brazo, y dejarla allí. Cierra esa puerta antes que cualquier otra.
Luego siéntate. No esperes a sentirte preparado, porque nunca te sentirás preparado, y la sensación de estar preparado es una cosa más que perseguir. Siéntate como estás, distraído, reacio y lleno del día, y que eso sea la ofrenda. No tienes que llenar el tiempo de palabras. El Padre no espera que lo informes de tus asuntos. Di despacio el nombre de Jesús, o no digas nada, o di solamente el sencillo y antiguo ruego de misericordia, y cuando tu mente divague, y divagará cien veces, no la regañes ni te desesperes de ella. Tráela de vuelta como traerías a un niño pequeño que se ha apartado de tu lado, sin enojo, una y otra vez, porque el traerla de vuelta es en sí la oración. Ninguna hora de esto se pierde. El divagar y el volver son toda la obra, y el volver es lo que enseña al corazón dónde está el hogar.
Y no temas que sea una manera egoísta de pasar una mañana, que mientras tú te sientas tras una puerta cerrada la gente que te necesita se quede esperando. Lo contrario es cierto, y es uno de los milagros callados de la celda. Lo que recibes en secreto no se queda en secreto. Rebosa. La persona que ha sido encontrada por Dios en la mañana es una persona distinta en la mesa esa tarde, más paciente, menos quebradiza, más difícil de provocar y más pronta para perdonar, porque ya no corre con los vapores de su propio esfuerzo. No puedes verter de un vaso vacío, y el mundo está lleno de buenas personas resecas, dando y dando de una reserva que nunca se rellenó. La celda es donde se rellena. El amor que llevas de vuelta por la puerta a tu familia y a tu prójimo es el amor que recibiste primero a solas, sin que nadie mirara, del Padre que está en secreto. Entra por ellos tanto como por ti.
Hazlo un domingo, a solas, con la puerta cerrada, y hazlo otra vez el domingo siguiente, y la celda empezará a enseñarte lo que ningún sermón puede, porque el sermón solo puede señalar y la celda de verdad te lleva adentro. Te enseñará paciencia contigo mismo, que es el comienzo de la paciencia con todos. Te enseñará la diferencia entre el ruido que confundiste con tu vida y la quietud que fue tu vida desde siempre. Y te enseñará, poco a poco, más allá de toda tu huida, que nunca estuviste tan solo en ese cuarto como temías, que la puerta que cerraste para dejar fuera al mundo era la misma puerta que te encerró con Dios, y que él estaba allí, en secreto, todo el tiempo, esperando solamente que dejaras de irte.
El encargo
- Escoge un cuarto con puerta y guarda allí una media hora fija esta semana, a la misma hora cada día si puedes.
- Antes de sentarte, pon tu teléfono en otro cuarto, en silencio y boca abajo. Cierra esa puerta primero.
- Cuando tu mente divague, tráela de vuelta con suavidad y sin regaños, tantas veces como haga falta. El volver es la oración.
La oración
Padre que estás en secreto, he gastado mis fuerzas en irme. Enséñame a quedarme. Cierra la puerta detrás de mí y guárdame en la quietud hasta que aprenda que tú nunca estuviste ausente de ella. Encuéntrame aquí, donde nadie ve, y que eso baste. Por Cristo, que oró a solas en el monte y en el huerto y me enseñó la cámara y la puerta cerrada. Amén.
Llévalo contigo
La puerta que cerré para dejar fuera al mundo es la puerta que me encierra con Dios.
Para estudiar más a fondo
El desierto guardó la celda; el Señor guardó el lugar solitario. Siéntate con cada uno.
- Marcos 1:35Levantándose muy de mañana, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.
- Lucas 5:16Mas él se apartaba a los desiertos, y oraba.
- Mateo 14:23Subió al monte, apartado, a orar: y como fue la tarde del día, estaba allí solo.
- Génesis 32:24Y quedóse Jacob solo, y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba.
- Salmo 91:1El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente.
- Mateo 4:1Entonces Jesús fue llevado del Espíritu al desierto.