Porque él se consideró a sí mismo, y se fue, y luego se olvidó qué tal era.
Porque si alguno oye la palabra, y no la pone por obra, este tal es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se consideró a sí mismo, y se fue, y luego se olvidó qué tal era.
Santiago nos da una imagen pequeña y devastadora. Un hombre mira en un espejo, ve su propio rostro, se vuelve, y al instante olvida lo que vio. Es algo tan común que casi se nos escapa su sentido. Miramos nuestro reflejo una docena de veces al día y no nos llevamos de él ninguna impresión duradera. Y esto, dice Santiago, es exactamente lo que la mayoría de nosotros hace con la palabra de Dios. La oímos, atisbamos en ella un vistazo verdadero de nosotros mismos, y luego seguimos nuestro camino y al punto olvidamos qué tales somos. La palabra levantó un espejo, y miramos, y nos fuimos sin cambiar.
Pues la palabra de Dios es un espejo, y esto es lo primero que hay que entender de ella. No se nos da solo para informarnos sino para mostrarnos a nosotros mismos. Cuando se lee con honestidad nos devuelve nuestra condición verdadera, no la imagen halagadora que preferimos sino el rostro real, el orgullo que no habíamos notado, la frialdad, el pecado secreto, el deber descuidado. Es un servicio incómodo, y es un servicio misericordioso, pues un hombre no puede lavar una mancha que nunca ha visto. La palabra le muestra la mancha. Que se lave o no depende de lo que haga cuando se aparta del espejo.
EL OIDOR OLVIDADIZO
La tragedia que describe Santiago no es que el hombre se niegue a mirar. Sí mira. Se considera a sí mismo. La tragedia es lo que sigue: que se va y luego se olvida. El olvido es casi inmediato, luego, antes de que haya dado muchos pasos. Oyó la palabra que escudriña el día del Señor, sintió su aguijonazo, quizá incluso resolvió cambiar, y para cuando el ruido del día se alzó de nuevo a su alrededor todo se había ido, borrado, como si nunca hubiera visto su rostro. Este es el gran peligro del oír, que puede sentirse como hacer. Conmoverse con una palabra, asentir a su verdad, sentir la punzada de un momento, puede parecerse tanto a la obediencia que confundimos lo uno con lo otro y nos vamos satisfechos, sin haber hecho nada.
Y Santiago lo llama claramente por su nombre. Mas sed hacedores de la palabra, dice, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Engañándoos a vosotros mismos. El oidor que no hace no está meramente incompleto. Está engañado, y engañado por sí mismo, que es el engaño más difícil de romper porque el que engaña y el engañado son el mismo hombre. Se cree una persona formada por la palabra porque ha oído mucho de ella, mientras su vida sigue intacta de toda ella. Ha confundido el vistazo con el lavado.
MIRAR EN LA PERFECTA LEY
Frente al que mira de pasada y olvida, Santiago pone a otro hombre. Mas el que hubiere mirado atentamente en la perfecta ley, que es la de la libertad, dice, y perseverado en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este tal será bienaventurado en su hecho. Fíjate en las dos diferencias, pues todo depende de ellas. El hombre bienaventurado mira atentamente en la palabra, se inclina y fija en ella la vista, no el vistazo fugaz del primer hombre sino una mirada fija y escudriñadora. Y persevera en ella, permanece, no se vuelve para irse sino que se queda ante el espejo hasta que haya hecho su obra. El que contempla y permanece y luego hace lo que ha visto es el bienaventurado, y es bienaventurado no en su oír, ni en su contemplar, sino en su hecho.
Hay aquí un peligro peculiar para el que vive mucho con la palabra, que lee y reflexiona y se sienta largo rato en la quietud con la Escritura, y debe nombrarse porque se esconde muy bien. La celda puede criar una sutil vanidad de percepción. Un hombre puede volverse conocedor de verdades, coleccionando bellos entendimientos, conmovido una y otra vez por lo que lee, confundiendo el calor de una mente agitada con la obediencia de una vida cambiada. La ciencia hincha. Es del todo posible saber mucho de la palabra y ser formado por casi nada de ella, ser erudito del espejo que nunca se lavó la cara una sola vez. El Señor tenía oidores así en los días de Ezequiel, y su veredicto es sobrio. Oirán tus palabras, dijo, mas no las pondrán por obra, y tú eres a ellos como cantor de amores, gracioso de voz y que canta bien. Una bella canción, admirada y desobedecida. Dios no permita que su palabra sea para nosotros nada más que eso.
HACEDORES DE LA PALABRA
¿Qué hace, pues, el hacedor? Le pregunta a cada palabra que oye lo que el oidor olvidadizo nunca pregunta. No si es verdadera, pues eso lo concede de inmediato, ni siquiera si es conmovedora, sino qué debo hacer yo ahora con ella. Y hace esa cosa antes de que la imagen se desvanezca, mientras el rostro todavía está delante de él, porque sabe con cuánta rapidez llega el luego. El Señor fue franco sobre el vacío del otro camino. ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, preguntó, y no hacéis lo que digo? Y habló de dos hombres, uno que oyó sus palabras y las hizo, y edificó su casa sobre la peña, y otro que oyó y no hizo, cuya casa cayó en la avenida. Los dos oyeron. El oír no fue la diferencia. El hacer sí.
LA PALABRA QUE JUZGA
No debemos pasar por alto cuán escudriñador es este espejo, pues la palabra de Dios no refleja meramente la superficie, como un cristal refleja un rostro. Lee lo que hay debajo. La palabra de Dios es viva y eficaz, dice la Escritura, y más penetrante que toda espada de dos filos, y alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Muestra no solo lo que hacemos sino por qué, no solo el acto sino el motivo enroscado debajo, el orgullo escondido en la buena obra, el miedo disfrazado de prudencia, el yo enrollado en la raíz de lo que parecía generoso. Este es un espejo que ve a través de nosotros, y estar ante él con honestidad es quedar abierto.
Tal exposición no es agradable, y esa es otra razón por la que nos apartamos del espejo con prisa. Una cosa es que te muestren una mancha en la mejilla y otra muy distinta que te muestren la podredumbre en la raíz. El hombre natural se encoge ante una palabra que juzga su corazón y busca de inmediato el ruido que le permita olvidarla. Pero el encogerse es justo lo que hay que resistir, pues la palabra hiere solo para sanar, y la visión que nos da de nosotros mismos, por insoportable que se sienta, es la primera misericordia, el diagnóstico sin el cual no hay cura. No huyas de la palabra que hiere. Quédate quieto bajo ella, y déjala mostrarte lo que hay.
UN OÍR QUE ENDURECE
Pues una palabra oída y no hecha no nos deja donde nos halló. Nos endurece. Cada vez que sentimos la punzada de una verdad y no hacemos nada, nos hacemos un poco más capaces de sentirla y no hacer nada la próxima vez, hasta que por fin podemos oír la palabra más escudriñadora sin conmovernos en absoluto, con la conciencia encallecida por la larga desobediencia a lo que sabemos. Esta es la terrible aritmética de oír sin hacer. No nos mantiene en un punto muerto seguro. Nos adiestra en la sordera. Los corazones más endurecidos al evangelio no son los que nunca oyeron, sino los que oyeron a menudo y nada obedecieron, y gastaron el filo de la palabra manejándola sin someterse a ella ni una sola vez.
Por eso el Señor pronunció su ay no sobre los ignorantes sino sobre los iluminados que no quisieron actuar, y por eso dijo que el siervo que entendió la voluntad de su señor, y no hizo conforme a su voluntad, será azotado mucho. Tener el espejo y rechazar su veredicto es cosa más grave que no haber mirado nunca. El conocimiento no obedecido no es una posesión neutral guardada sin daño para algún uso posterior. Es una deuda que se acumula. Mejor oír poco y hacerlo que oír mucho y endurecerse, pues no los oidores de la ley son justos para con Dios, mas los hacedores de la ley serán justificados.
Así que deja que la palabra haga toda su obra en ti, tanto la que hiere como la que sana. No te pongas ante ella como un crítico que pesa una bella canción, sino como un paciente ante el médico, dispuesto a que le muestren lo peor y dispuesto a que lo corten donde el corte sana. Y habiéndosete mostrado, no te endurezcas con la demora, pues la palabra que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón se propone cambiarlos, y los cambiará, en el alma que recibe su veredicto y se vuelve.
Así que cuando te levantes de la lectura de las Escrituras, no sigas tu camino y luego te olvides. Quédate un momento ante el espejo. Pregunta qué te mostró de ti mismo, y qué única cosa te exige ahora, y ve y haz esa cosa hoy, antes de que el ruido del día la borre. Si sabéis estas cosas, dijo el Señor, bienaventurados seréis, si las hiciereis, y puso toda la bendición en el hacer. El salmista nos muestra el patrón en un solo versículo. Consideré mis caminos, dice, y torné mis pies a tus testimonios. Consideró, y luego tornó sus pies. Eso es todo: mirar largamente en el espejo de la palabra, y luego volver los pies, y hacer, antes de olvidar, qué tales nos mostró que somos.
El encargo
- Después de leer la Escritura esta semana, no la cierres hasta que hayas nombrado una cosa que te exige, y luego haz esa cosa hoy.
- Cuídate del calor de una mente agitada. No confundas el conmoverte con una verdad con el obedecerla.
- Cuando una palabra te escudriñe, quédate ante ella en vez de apresurarte. Mira el tiempo suficiente para no olvidar luego lo que te mostró.
La oración
Señor, he mirado en tu palabra y he seguido mi camino y he olvidado qué tal me mostró que era, y he llamado obediencia a mi oír. Perdona el vistazo que se engaña a sí mismo. Hazme hacedor y no tan solamente oidor. Sostenme ante el espejo hasta que haya hecho su obra, y luego vuelve mis pies para hacer lo que he visto, antes de que el día lo borre. Amén.
Llévalo contigo
El espejo muestra la mancha; solo el hacedor se lava la cara.
Para estudiar más a fondo
Un oír que olvida, y un hacer que es bienaventurado. Siéntate con cada uno.
- Santiago 1:22–25Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.
- Lucas 6:46–49Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras, y las hace, es semejante al hombre que edifica una casa sobre la peña.
- Mateo 7:24–27Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente.
- Juan 13:17Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis, si las hiciereis.
- Ezequiel 33:31, 32Oirán tus palabras, mas no las pondrán por obra.
- Salmo 119:59Consideré mis caminos, y torné mis pies a tus testimonios.